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4 ago 2026
Labradora, viticultora y docente agroecológica. Colegiada del Colegio de Ingenieros Técnicos y Graduados Agrícolas de Ourense.
Natalia nos atiende por teléfono. Su voz, calmada, nos lleva de la mano por una trayectoria personal y profesional que desprende total coherencia con su manera de transitar el mundo. Estamos convencidos de que en ella sigue habitando aquella niña que veía a su abuela marchar al campo, hoz en mano, y soñaba con poder acompañarla. No la dejaban. Pero la curiosidad por la tierra encontró otro camino: la Ingeniería Técnica Agrícola.
Quizá por eso nunca se ha conformado con conocer las cosas desde la distancia. Necesita comprenderlas desde dentro, vivirlas, ‘ensuciarse’ las manos y dejar que la experiencia complete aquello que antes aprendió en los libros o enseñó en un aula. En Natalia no hay impostura. Hay una forma muy honesta de entender la profesión y de caminar por ella, sin prisas, pero sin dejar de avanzar.
Nuestra colegiada del mes, perteneciente al Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Agrícolas de Ourense, nos regala una conversación pausada, luminosa y profundamente inspiradora.
Fue un poco acto de rebeldía. Mi madre era ATS y ellos querían que siguiera sus pasos, que estudiara Enfermería. Incluso me hicieron repetir COU para intentar conseguir la nota necesaria, pero al final no fue posible.
Mi otra opción era la Ingeniería Agrícola. Nosotros vivimos en un pueblo, somos de aldea, y siempre tuve un vínculo muy fuerte con el sector agrario, aunque fuera a nivel doméstico. Desde pequeña veía a mi abuela marcharse con la hoz y las herramientas al campo y volver cargada. Yo siempre le pedía que me dejara acompañarla, pero nunca me dejaban.
Supongo que esa espinita fue creciendo conmigo. La Ingeniería Técnica Agrícola fue la manera de entrar en un mundo que siempre me había atraído, aunque en casa no vieran claro ese camino.
La carrera tuvo momentos muy distintos. El primer año me fue bien, pero el segundo fue complicado. Vivir en un pueblo teniendo que ir a Ourense a la universidad, luego las prácticas, hacía que todo fuera más difícil. En tercero me marqué un reto: o sacaba la carrera adelante o la dejaba. Aquel año aprobé 21 asignaturas y conseguí dos matrículas de honor, en Tecnología de los Alimentos y Edafología.
Fue un desafío personal.
Guardo un recuerdo muy especial del Proyecto Fin de Carrera, relacionado con la edafología. Estudiaba una cuenca agroforestal donde convivían viñedos, huertas familiares y monte. Quería demostrar cómo el sulfato de cobre utilizado en las viñas terminaba llegando al agua a través de la escorrentía. Recuerdo ir yo misma a recoger las muestras, analizar los suelos, los afluentes y las crecidas. Fue un trabajo muy intenso, del que aprendí muchísimo y que recuerdo con cariño.
Nada más terminar seguí formándome con cursos de AutoCAD, Presto o Topografía, pero poco a poco descubrí que lo que realmente me atraía era enseñar, así que hice el CAP.
Empecé enlazando proyectos de obradoiros de empleo y acabé participando en diez de ellos, primero como docente y después también en labores de dirección.
Fue una etapa muy emocionante porque creía profundamente en esos proyectos. Los alumnos aprendían una profesión mientras trabajaban en actuaciones reales que después disfrutaba toda la comunidad: jardines públicos, espacios urbanos… Es una forma de aprender trabajando.
Siempre he sido una persona muy práctica. La teoría me parece importante, pero solo cuando va unida a la ejecución. Me gusta que las personas aprendan haciendo, saber ser y saber estar, porque al final esa es la realidad que luego van a encontrarse fuera del aula.
Después continué impartiendo acciones formativas para personas desempleadas. Aunque esos cursos tenían menos trabajo de campo, siempre intenté mantener la misma filosofía: que lo aprendido pudiera ponerse en práctica cuanto antes.
Sentía que la parte de producción la tenía bastante controlada, pero había una pieza que me faltaba: la comercialización.
Con la llegada de la COVID hubo tiempo para pensar. Empecé a darle vueltas a los problemas que tenían los pequeños productores para vender sus productos y sentí que no podía seguir explicándolo solo desde la teoría.
Necesitaba vivirlo en primera persona.
Así decidí dar de alta la finca para autoconsumo y venta de excedentes.
Mi apuesta siempre ha sido el producto fresco de temporada. Preparo cestas y hago venta directa. Son los propios consumidores quienes se ponen en contacto conmigo y vienen a recogerlas. Nunca he querido crecer mucho porque he seguido compaginándolo con la docencia. Creo profundamente en el consumo local, en el producto natural y en esa relación directa entre quien produce y quien consume.
Cuando empiezas a producir entiendes de verdad las dificultades que tiene un pequeño agricultor. Una cosa es conocer los procesos o que te los cuenten, y otra vivirlos cada día.
También he ido evolucionando en mi manera de entender la agricultura. Al principio era quizá una visión más ingenieril. Sigo mucho a María Dolores Raigón, entre otras, y con el tiempo, he ido acercándome a una filosofía basada más en la colaboración que en la competencia.
Me gusta esa idea de sintropía. No tanto tú sí, tú no, sino “Tú has salido aquí, pues me apoyo en ti para conseguir producir otra cosa”.
El obrador colaborativo de Cantoña nació en una antigua estación de tren abandonada gracias a un proyecto del Inorde. Para quienes producimos a pequeña escala supone una oportunidad enorme para poder transformar y envasar nuestros productos.
Además de utilizar el obrador, hemos creado una asociación de usuarias ‘Elabora Cantoña’ y mis compañeras quisieron que fuera la presidenta. Nos organizamos para hacer compras conjuntas de botes y tarros, por ejemplo, resolver incidencias, ayudarnos mutuamente y compartir espacios para la venta en ferias y mercados.
Gracias a este proyecto he podido sacar adelante seis elaborados: zumo de manzana y uva, mermelada sin azúcar añadido de uva, pavía y melocotón, salsa de tomate con apio, crema de verduras y una crema de pimientos que, para mi sorpresa, fue toda una revolución y se agotó enseguida.
Pero, más allá de los productos, lo mejor ha sido comprobar cómo Cantoña ha conseguido unir a muchos pequeños productores de Ourense.
Ese viñedo llegó a mi vida de la mano de mi marido. Está en Castro Caldelas y llevamos ya once años cuidándolo. Pronto sacaremos nuestro primer vino, un multivarietal que llamaremos ‘Amaro’.
Siempre se ha trabajado en ecológico sin certificar. Poco a poco hemos ido comprando pequeñas parcelas que quedaban abandonadas porque la gente mayor ya no podía trabajarlas y no había relevo generacional. Son fincas muy pequeñas que, juntas, no llegan ni a media hectárea, algunas con pendientes de hasta un 60%.
Es un trabajo muy duro, pero tiene algo que engancha.
Cuando ves la viña naturalizada, llena de flora y fauna, es una experiencia difícil de explicar. Cada día aparece algo nuevo. He llegado a ver luciérnagas en estado de oruga, insectos que ya son dificilísimos de encontrar.
La posibilidad de desarrollar un modo de vida ligada a la naturaleza, a la tierra. Esto, luego de un proceso de formación complementaria a la ingeniería, llego a la docencia en materia agrícola, tanto de jardinería como de agricultura ecológica. Esta etapa sigue a otra de tipo más formal, en la que desarrollé algún proyecto de ingeniería que fue premiado por mi colegio.
Y es en la faceta agrícola, como docente y como profesional activa, donde me encuentro más realizada, y en la que partiendo de los conocimientos adquiridos en la carrera, desarrollo mi propio proyecto empresarial y de vida.
Al terminar la carrera, una siente que forma parte de un colectivo. Y la manera adecuada de concretar ese sentimiento es la colegiación, el asociarse al colectivo a través de la entidad que lo representa.
El hecho de pertenencia al colegio sólo aporta beneficios: opciones de formación, acceso a ofertas de trabajo, información valiosa para estar actualizada en normativas necesarias para el ejercicio profesional. Sin dejar de lado la posibilidad de mantener una red de contactos con otras colegas, con el consiguiente intercambio de experiencias...
Estoy convencida que mi abuela estaría muy orgullosa de mi trayectoria profesional y de mi evolución personal. A buen seguro que no tendría inconveniente a que la acompañase en las tareas del campo y compartiera con ella conocimientos, técnicas, saberes y formas de hacer tradicional.
Palabra clave
Colegiado del mes